“Con los años he aprendido que la mejora continua puede convertirse fácilmente en insatisfacción permanente si uno no aprende a reconocer lo que ya funciona.”
Víctor Solano
Durante muchos años he visto la mejora continua como algo incuestionablemente positivo.
Siempre hay algo que ajustar, una decisión que puede afinarse, un proceso que puede simplificarse, una propuesta que puede quedar mejor, una conversación que pudo manejarse de otra forma. En los negocios, además, esa capacidad de revisar, aprender y corregir suele marcar una diferencia importante.
El problema aparece cuando esa misma lógica empieza a aplicarse sin límite.
Cuando terminamos un proyecto y nuestra primera reacción es detectar lo que faltó. Cuando alcanzamos una meta y, casi inmediatamente, la reemplazamos por otra. Cuando un equipo obtiene un buen resultado, pero la conversación se concentra únicamente en lo que todavía podría mejorar.
La mejora continua puede ser una gran disciplina. Pero también puede convertirse, casi sin darnos cuenta, en una forma permanente de insatisfacción.
Y creo que ahí hay una diferencia importante.
Reconocer lo que funciona no significa conformarse. Tampoco implica bajar estándares, perder ambición o dejar de cuestionar lo que hacemos. Significa ser capaces de distinguir entre aquello que realmente necesita cambiar y aquello que simplemente merece ser reconocido.
En las empresas esto importa mucho más de lo que parece.
Los equipos que sienten que nunca nada es suficiente terminan perdiendo perspectiva. Los avances dejan de sentirse como avances. Los buenos resultados se convierten rápidamente en la nueva obligación mínima. Y una cultura que originalmente buscaba excelencia puede terminar generando desgaste.
Algo parecido ocurre con quienes dirigimos, asesoramos o tomamos decisiones.
Es fácil acostumbrarse a mirar siempre el siguiente problema, la siguiente oportunidad, el siguiente riesgo. En cierto sentido, ese es parte del trabajo. Pero si no desarrollamos también la capacidad de detenernos y reconocer lo que está bien, terminamos evaluando nuestra realidad únicamente por aquello que todavía falta.
Con los años he aprendido que mejorar también exige perspectiva.
Hay momentos para cuestionar, corregir y avanzar. Pero también debería haber momentos para reconocer que una decisión fue acertada, que un equipo respondió bien, que un proceso funciona o que un resultado merece ser valorado antes de comenzar a modificarlo otra vez.
Quizá la verdadera mejora continua no consiste en estar permanentemente inconformes.
Quizá consiste en saber qué vale la pena mejorar, sin perder la capacidad de reconocer todo aquello que ya estamos haciendo bien.

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